Llegaste de puntillas,
como los padres en la noche de Reyes
y tan puntual como siempre,
para desincronizarme todos los relojes.
Yo, nervioso igual que el niño y los regalos,
te invité a entrar en bata y zapatillas,
como si en las cosas de Troya y romA
del revés el enemigo no te matara
por dentro.
De pronto, las hojas marchitas
de los cuadros florecieron a tu paso,
los espejos por fín sonreían y yo,
cegado de mirarte,
me hice grande entre gigantes y acabé
rendido en tus (a)brazos.
Y cuando abrí los ojos,
los muebles respiraban de otras ropas,
y los vientos me despeinaban
las mantas de verano,
y las puertas con cerrojo
me llamaban la atención.
Dejaste mi casa echa un desastre. Mi vida.
Te quedaste,
pero sólo hasta la hora de la guerra.
Porque cuando quise que te fueras,
ya eras yo.
Nosotros.
Para siempre